(Des)encuentros (In)esperados
Llevaba más de media hora esperando su llamada. En la mañana, luego de las tostadas con café de grano se despidió con el diario medio abierto y me dijo que me llamaría a la salida del trabajo. Según mis cálculos eso tendría que haber sido a las 19 y ya eran las 19:30. Mientras trataba de ordenar mis pensamientos creía lógico pensar en un posible ataque de celos. Sin embargo, nada de eso se me venía a la mente. Es más, cuando pensaba en el desayuno se apoderaba de mí un terrible hastío. Me aburrían sus comentarios sobre actualidad mientras mantenía los ojos fijos en el periódico. Su forma de tomar el café me recordaban a un perro callejero que da largos sorbetones de agua luego de haber pasado días buscando alimento. Y luego el traje… esos ternos añejos que me recordaban a mi abuelo sólo aumentaba el letargo. No alcancé a redondear mis recuerdos cuando me llamó al celular. Luego de dudar un par de segundos decidí contestar.
- Aló – le dije.
- Hola – respondió él algo tímido.
- ¿Vienes en camino? – le pregunté tratando de suavizar mi voz.
- Sí, en media hora estoy allá. Perdona el atraso, se me juntaron muchos papeles y…
- No te preocupes, aquí te espero – lo interrumpí mientras no aguantaba el bostezo que se apoderaba de mis labios.
- Bueno, nos vemos.
- Ya, chao.
Desganada subí al dormitorio y me puse un poco de maquillaje y perfume. Me miré en el espejo y pensé en cambiarme la ropa. Abrí la puerta del closet a ver qué me animaba. Al encontrarme con lo mismo de siempre las ganas desvanecieron rápidamente. Quedaban cinco minutos para que llegara, así que decidí esperarlo en la calle.
Caminaba de un lado al otro en la vereda cuando apareció su auto. Sin decir palabra nos dimos un beso en la mejilla y emprendimos camino. Hace un par de semanas habíamos hablado sobre lo que nos estaba ocurriendo. No llevábamos dos años de matrimonio y ya no nos soportábamos. Era extraño, no eran peleas las que nos habían distanciado. Simplemente habíamos dejado de hablar. Ya no lográbamos encantarnos. Nos mirábamos diariamente las caras sin saber qué decir porque ya no había tema de conversación. Al vivir juntos, nuestras vidas se habían separado a tal punto que parecía imposible volverlas a unir.
En medio de esas confesiones habíamos acordado dar un último esfuerzo. Aún nos quedaban los buenos recuerdos y en base a ellos intentaríamos revivir la pasión que alguna vez nos llevó a decir “sí, quiero”. Por eso emprendimos esta travesía.
En el auto me di cuenta que hace tiempo no me sentaba tan cerca de él. Pude sentir ese olor a brisa de su perfume, ese aroma que antes gozaba teniéndolo impregnado en mi cuerpo y que ahora no sólo había olvidado sino que me provocaba mareos. Mientras miraba por la ventana noté que me observaba de reojo tratando de disimular el nerviosismo. Inquieto dejó caer una mano sobre mi rodilla y me estremeció de tal forma que la sacó rápidamente y me pidió perdón. Sin saber qué responder traté de sintonizar alguna radio que nos ayudara a disimular el vacío.
Finalmente llegamos a nuestro destino. Era una calle larga y angosta. A pesar de estar ubicada en un lugar céntrico de la capital había un ambiente tranquilo. Los grandes árboles que envolvían la calle se habían tragado el ruido de la ciudad y nos amparaban con sus hojas. Señalizando hacia la derecha entramos en una casa de portón amplio. Adentro un hombre nos indicó dónde estacionar. El acomodador notó lo desorientado que estábamos y nos dijo que entráramos por la casa de la derecha ya que ahí nos destinarían un dormitorio. Obedecimos sin formular preguntas.
- ¡Aló! ¿Hay alguien por aquí? – gritó Bandele entrando en la residencia.
- ¡Voy! – respondió una voz femenina desde el segundo piso.
Al poco rato apareció una mujer maceteada con delantal a cuadros. Por la etiqueta en su traje descubrí que se llamaba Rosa. Tenía esa mirada dulce que sólo se adquiere con las experiencias de la vida. Era como si nos dijera con los ojos que confiáramos en ella porque ya nada podía sorprenderla.
- Díganme chiquillos, ¿qué habitación buscan?
- ¿Qué habitaciones tiene? – le pregunté tirando del brazo de Bandele para que me ayudara a elegir.
- A ver, básicamente hay tres tipos y todas son por tres horas. Está la básica de $9.000 que incluye una bebida o cerveza nacional. Luego está la media que tiene un valor de $12.000 e incluye lo mismo más un jacuzzi. Y la otra sería la Premium que cuesta $16.000 pero esa incluye una bebida o un trago a elección, el jacuzzi y un plato de comida.
Bandele me miró buscando respuestas. Dando un suspiro le pedí a la Sra. Rosa que nos diera una habitación media.
- Parece que ustedes no andan tan bien ¿eh? Reanímense chiquillos que el amor, como la vida, se nos pasa rápido y después no tenemos cómo recuperarlo. – nos trató de aleccionar la encargada. – Vengan conmigo. Yo les voy a dar una habitación que les pude ayudar a encender eso que se les ve tan muerto.
La señora Rosa nos encaminó por un laberinto lleno de puertas. Se sentía la densidad que emanaban los cuerpos al entrar en calor. El aire estaba espeso y costaba respirar. El último pasadizo que atravesamos permitía ver algunas de las habitaciones y encontrarse con las evidencias de los diversos encuentros. Camas desechas, restos de ropa abandonadas u olvidadas, toallas húmedas y botellas vacías. Acompañando la evidencia física estaban los olores. Cada dormitorio tenía su aroma particular a sudor mezclado con jabón que salía a flote al pasar por el pasillo.
Al final del corredor estaba la habitación que nos correspondería por las próximas horas. Entre puertas abiertas y cerradas la Sra. Rosa nos abrió la que sería para nosotros.
- ¿Qué se van a servir mijita?
- Dos cervezas. – respondí instintivamente.
- Vienen enseguida.
Mientas esperábamos a la señora Rosa nos sentamos en silencio en la cama. Sobre ella había un televisor y en su respaldo una extraña perilla que se podía mover para dos lados y permitía sintonizar un par de frecuencias radiales. Aún no decidía qué radio dejar cuando tocaron la puerta.
- Yo voy. – le dije a Bandele sin mirarlo.
Era la señora Rosa. Pasándome la bandeja me sostuvo ambas manos bajo las suyas y simplemente me quedó mirando. Su pelo canoso atado en un tomate, sus manos suaves y su cuerpo manso parecían indicarme que no perdiera el tiempo creándome problemas cuando la vida por sí sola ya tenía tantos. Lanzándome una sonrisa me soltó y cerró la puerta.
Sin tener escapatoria me di vuelta y me topé con los ojos de Bandele. Desafiándolo le pasé su cerveza y le dije que la tomáramos rápido.
- A ver si esto nos anestesia un poco. – le dije riéndome.
- Antes no necesitábamos alcohol para estar juntos. – me reprochó.
- Sí, bueno, antes no había pasado un año sin que nos tocáramos.
Cortando la conversación de golpe nos zampamos la Cristal tibia y nos tendimos de espalda en la cama.
- ¿Y ahora qué hacemos? – me preguntó Bandele.
- No sé… ¿crees que nos quede algo por hacer?
- ¿Cómo nos perdimos tanto? No entiendo en qué momento dejamos de mirarnos.
- En el mismo instante en que dejamos de hablar…
Conteniéndome tomó mi mano. Tratábamos de reavivar la llama que alguna vez compartimos. Creo que soy justa si digo que ninguno de los dos logró entusiasmarse. Finalmente se cansaron nuestros ojos y seguimos mirando hacia la nada.
- Ufff, esto está lleno de grietas. – le dije apuntándole al techo.
- Mmmm…
Así nos quedamos, en silencio, por largos minutos. No nos atrevíamos a enfrentarnos y el deseado efecto del alcohol no llegaba nunca. Sobre nuestro mutismo comenzó a flotar un lejano sonido del dormitorio contiguo. Tratamos de hacer caso omiso pero cuando los alaridos de la pareja comenzaron a aumentar fue imposible ignorarlos.
- No lo hacen nada de mal. – dijo Bandele rompiendo el silencio.
Asentí con mi cabeza. No tardé en darme cuenta que mi respiración comenzaba a ser más pesada. Quería ocultarme de Bandele pero no sabía dónde. Gracias a los gemidos de los vecinos mi imaginación no tardó en recrear la escena que debía estar ocurriendo al otro lado de la pared. Era fácil darse cuenta que habían empezado de a poco. Él acariciándola a ella, besando sus piernas, su abdomen, su busto. Mientras tanto, los dedos de ella lo buscaban a tientas con los ojos cerrados y disfrutando al máximo el placer. Él teniendo una erección. Ella sintiéndolo. Ambos entrelazados en sudor, mezclando sus cuerpos, gimiendo en éxtasis, haciéndose uno. Parecía que la habitación les quedaba chica… ni el mundo entero sería suficiente para manifestar el deleite de sus sexos unidos.
Bandele comenzó a inquietarse y noté que sudaba en el cuello. Traté de apartar los pensamientos eróticos de mi mente pero no pude contener el líquido que se comenzaba a formar entre mis piernas. Por primera vez no tuvimos que decir nada, nos logramos comunicar aún sin mirarnos. En cosa de segundos sentí el cuerpo del hombre con quien me había casado sobre mí. Con brutalidad besaba mi cuello dándome suaves mordidas. Nos arrancamos la ropa y comenzamos a recrear en nuestras mentes la historia de la pareja. Entre más pensábamos en ellos más nos excitábamos. Con los desconocidos gimiendo en nuestras mentes alcanzamos un orgasmo casi sincronizado.
Los minutos que nos iban quedando antes de partir nos hicieron volver a creer. Fue como si los años transcurridos hubiesen sido un extraño agujero en el tiempo. Nada anterior a ese momento tenía sentido. Repentinamente, después de meses de cansancio, se nos mostraba una pizarra en blanco para que jugáramos con ella a destajo. Tranquila nos aguardaba la vida para que pudiéramos realizar nuestras ilusiones más lejanas: tener hijos y seguir soñando.
Como en nuestros años de pololeo, nos tomamos de la mano para salir de aquel lugar. No alcanzamos a dar un paso afuera de la habitación cuando nuestros personajes oníricos se hicieron realidad. Ahí los teníamos, frente a frente. Aquellos seres que nos habían llevado con sus voces a lugares desconocidos. Junto con la realidad de sus existencias se nos rompió la ilusión.
- ¡Flint! – exclamé extrañada.
- ¡Erianthe! – me miró él aún más sorprendido.
No tuve que decir nada. Bandele ya conocía esa historia. Fue ahí cuando lo entendí… aquellos gemidos tenían algo familiar, algo que me envolvió de tal forma que logré olvidar quién era y con quién estaba. Bandele no me dijo nada. Cuando llegamos al auto nuestras manos se volvieron a separar. Sentada una vez más como copiloto miré por el espejo retrovisor y me topé con los ojos de la Sra. Rosa. Parecía estar hace rato observándonos. Traté de asomarme por la ventana para despedirme, pero la mujer ya había cerrado la puerta de entrada.














